CALIXTO: SAL Y LUZ

Calixto

El sabor es la puerta de entrada al saber. La verdad de Dios y del prójimo, radicada en el corazón de quien la busca, se hace posible en ese ejercicio de gustar el ser, de adentrarse en la gratuidad del amor. Saborear la vida sabiéndose amado contra toda evidencia situacional es el inicio de la sabiduría. Los libros sapienciales de la Biblia lo llaman “temor de Dios”. Jesús unió en su enseñanza estas dos realidades: sus discípulos somos sal de la tierra y luz del mundo. Primero está la sal que da sabor y se desaparece dejando la sazón. Después de lo que desaparece, viene lo que aparece para ser visto y hacer ver: la luz. Hay qué desaparecer para que aparezca la verdad del Amor, la coherencia de Dios. Como la luz, esta coherencia divina engendra comunión y hace posible que caminemos juntos.

Por eso, la sabiduría se pone al alcance en la mesa, en torno a la sal y a la luz, antes que en los textos y en los laboratorios. Los creyentes cristianos la llamamos banquete, eucaristía, celebración, fiesta de bodas. En la mesa se unen como pan la Palabra y el Sacrificio, el “dar la vida” de Jesús y el nuestro. Allí está el sabor cristiano de la vida y de la historia. Podríamos llamarlo “la sabiduría de la cruz”. Hay qué dar gracias a Dios por quienes nos lo comunican con sus vidas, sobre todo cuando hay tanto veneno, tanta insipidez y amargura, tanto “vacío de mesa” y de comunión humana. Así lo siento ahora, cuando agradecemos a Cristo Jesús el regalo de la vida y ministerio del Padre Gustavo Vélez Vásquez, nuestro “padre Calixto”. Su vida de sacerdote, de misionero javeriano de Yarumal, de escritor y periodista de la Buena Nueva dominical, de predicador de retiros y maestro de homilías, de educador y comunicador al servicio de todos, ha desaparecido como la sal, dejando el más grato sabor y encendiendo una luz en lo alto de la montaña que lo sedujo. Tenía el salero de los hombres profundos, de los contemplativos y orantes, el humor de Dios. Y supo comunicarlo con la maestría de los sencillos, con la picardía del buen cura paisa, con la valentía de los profetas. Sirvió el banquete de la Palabra cada domingo en “Tejas arriba”, su columna de El Colombiano. Presidió aquí y allá, entre las Lauritas de Belencito o en las pantallas de Televida, la Santa Misa que tantos buscaban y seguían por el buen gusto de la predicación, que hacía honor a su nombre.

Nos queda un rico testimonio de vida, de misión, unido a los que ya nos han dejado otros sacerdotes de su comunidad misionera. Nos quedan deliciosos escritos y abundantes prédicas para alimentar el espíritu y ser también nosotros sal de esta tierra y luz de este mundo en que vivimos. Recojamos el legado de su vida sacerdotal tan ejemplar, en el marco de este año dedicado a quienes, como el Buen Cura de Ars, estamos llamados a ser portadores de la Buena Noticia, que es también la noticia de lo bueno. ¡Cura bueno y saleroso, Padre Gustavo, Calixto de tantas páginas, descansa en el gozo de tu Señor!

+Darío de Jesús Monsalve Mejía
Obispo de Málaga Soatá, Colombia.

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