CAMINANDO CON EL DUELO
ENCONTRAMOS RAZONES DE ESPERANZA.
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| Luis Orlando Corrales, mxy
Pacora, Panamá |
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Empezamos la marcha por la paz a eso de la 8: OO pm pasadas, la iglesia estaba llena de humanidad y quedaba gente de pie aún en la parte de atrás, la mayoría estaba vestida de blanco, había jóvenes, niños y adultos. El Señor de la vida iba adelante: era el santísimo, el Santo de los santos; la cruz era llevada por un joven en duelo y dos niños juguetones, llevaban dos veladoras que se apagaron ante esa brisa de una noche serena y calmada como la marcha del duelo y de la paz.
Miré atrás con la curiosidad de un niño y vi una nube de gente que se fue adhiriendo a la marcha, que fue de silencio. En breves espacios rezamos y cantamos. La gente se contagió del silencio y de calma. No llamamos prensa, ni televisión, ni policía, fue un acto anónimo y fuera de todo protagonismo publicitario. Llegamos al cementerio y nos detuvimos por unos minutos y hubo más silencio en la gente que en los mismos muertos, porque creo que ellos comenzaron a entrar en el corazón de los recuerdos, que mezclados con el dolor y la ternura de su seres queridos los seguían guardando con reverencial devoción en el ánfora de sus almas.
Las mamás de algunos de los chicos asesinados marcharon sin adrenalina emocional, estaban congeladas por dentro, cada una sabia porqué marchaba, no era solo caminar por caminar había que tener un motivo, porque de lo contrario sería una caminata árida, triste, monótona y sin sentido.
Pasamos por las cantinas del pecado, donde se deja no solo el dinero, sino la vida, los sueños y la dignidad. Nos paramos frente a estos sitios, oramos y la gente de una forma espontánea, olvidando el temor a hablar en público, musitó plegarias pidiendo la llegada del Espíritu Santo.
Llegamos a una casa, a la casa de un hombre que, como el paralítico del Evangelio, sintió tanto gozo cuando el Señor se detuvo en su casa, que comenzó a predicar y unos jóvenes allí sentados tomando cerveza, se levantaron y empezaron a sentirse tocados por la fuerza de lo alto, este hombre que ha sufrido de su diabetes y que tiene en su pie izquierdo una llaga tan grande como el pie de un elefante; en ese pie ha dejado casi que toda su fortuna, como la hemorroisa del Evangelio; sintió que la epifanía pasaba por su casa, pues en su corredor tenía el pesebre más hermoso de Pacora y que lleva haciéndolo por 40 años.
Arribamos al templo después de una larga caminata que no se sintió; las campanas comenzaron a sonar y a sonar y creo que fueron más fuertes aún los latidos del corazón, pues la gente estaba radiante como la luna semiplena que se balanceaba entre unas cuantas estrellas de esa noche transparente y llena de brisa.
Entramos a templo y, antes de dar la bendición, volvimos a sumirnos en un profundo silencio; había una sensación paradisíaca, como la que Pedro sintió en la Transfiguración y lo llevó a exclamar: "Señor qué bueno que estamos aquí" .
Hoy Fuimos bautizamos en la gracia de romper los miedos, frente a la cultura de la muerte y la violencia que a veces quiere escondernos en las fobias irracionales de nuestro escepticismo e indiferencia. Creo que no hay violencia más grande que el miedo que nos congela el amor, la caridad y el acercamiento al hermano que yace herido en su alma.
Sangre que nos embriaga de vida, agua que nos lava de los miedos de ahogarnos en el río de las incertidumbres y espíritu que nos eleva para que desde el cielo podamos escuchar la voz de un Padre que hoy nos dice. "Este es mi hijo amado en quien me complazco".
Complacidos por ser hijos de Dios y no del miedo que nos distrae de la vida, la esperanza y el amor por la humanidad optamos caminar como un signo y una opción que a la vida lo daremos todo y a la muerte jamás daremos nada.
La gente regresó a sus casas, que como los magos de oriente "tomaron otro camino" es la senda de volver la mirada hacia lo bueno y noble, es tomar el "camino, la verdad y la vida" como el único estandarte para aproximarnos al camino de la paz.
Ahora no nos preguntamos: ¿ por qué ocurrió esto? sino que nos preguntamos: ¿PARA QUE OCURRIÓ ESTO?" Entonces, tendremos que repensar nuestra forma de vivir, de sentir y de actuar. Dios nos va tocando en el dolor, porque solo desde el dolor somos capaces de entendernos y solidarizarnos para hacer un mundo donde habite la cultura de la vida.
Caminamos porque es la expresión de salir de nuestro dolor, es hacer una opción de dejar el túnel oscuro del miedo colectivo que como un virus nos congela no solo el alma sino los sueños de salir a buscar la luz al final del espectro oscuro de nuestras fobias.
Un autor, al que no le recuerdo su nombre, alguna vez dijo: "El dolor es un largo camino hacia el país donde todos somos iguales, pero cuando regresamos, llegamos distintos". Distintos, esa es la palabra, porque los que hemos pasado por pérdidas, ya no trabajamos por recuperarlas, sino por aceptarlas y hacerlas parte de nuestro mundo afectivo, entonces el dolor nos lleva al gozo de tener un corazón planetario donde está contenida toda la humanidad.
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