Querido Monseñor Valencia:
Gracias por el viaje fabuloso a San Francisco del Naya. Gracias por esos 5 días inolvidables al sol y al agua que me enseñaron más de Dios que cien Sumas Teológicas. Gracias por abrirnos el corazón de la selva y el alma de los nativos, llena de bondad y músicas.
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| Poeta Gonzalo Arango |
Todo fue hermoso como volver al Paraíso y encontrar el hilito perdido de la raíz cósmica, la nostalgia de inocencia, la identidad de las estrellas.
Todo allá me recordó que el hombre fue maravilloso en otra edad, y que nuestra actual miseria espiritual surgió del divorcio con los astros, la naturaleza y el rio. Ese Dios que calma todas las sedes, arrulla los sueños, comunica y acerca a los hombres, y al que dedicaste un hermoso y sencillo homenaje lírico aquella mañana que consagraste los frutos en el altar al aire libre y a pleno sol de la Misa sobre el mundo.
Qué diferencia entre la calidad humana de la selva y estos muladares civilizados. La ciudad moderna es un desierto con semáforos, el verdadero exilio, una pena de muerte que cumplimos diaria e inexorablemente. El paraíso es allá, monseñor, y nada tienen que envidiarnos como no sea la chequera de nuestra desdicha, la infelicidad remunerada, mal remunerada.
Yo, que transito por estas avenidas locas y vertiginosas no encuentro verdaderos hombres sino montoneras desalmadas, neuróticas, que tienen empleo pero no un destino, que van perdidos en la manigua del cemento pero carecen de metal, de lucidez. Robots inventados por una diabólica Tecnocracia, cifras insignificantes de una tenebrosa contabilidad.
Yo soy de ese Reino, monseñor. Yo no venderé mi alma al demonio del dinero y el poder. Allá todo es pobreza, menos el hombre. Aquí todo es progreso, menos el hombre.
Soy de esa raza con toda mi alma, de la raza que fabrica músicas con tarros de latas, que arranca melodías al corazón de la madera, que baila bajo las estrellas en un éxtasis de adoración, que ama todo religiosamente, que no sabe rezar padrenuestros pero en cambio bendice el universo, su instinto es un lenguaje espiritual, la blancura inmaculada de los corazones negros.
No aspiro elogiar el dolor y la pobreza, que más allá de un límite degradan la condición humana y la condenan a una mortal servidumbre. Mi convicción –que coincide con la tuya- es que no hay que “civilizar” a los indígenas nativos, ni desarraigarlos de su cultura y tradición, en las que son felices, o por lo menos más puros, más humanos, más hijos del sol. En contraposición a este putrefacto y bastardo Homo Sapiens de la civilización.
A los nativos hay pues que dejarlos florecer en su propio terrón, en su terrón de paraíso en que fueron sembrados. Incluso, arraigarlos aún más para que la parcela que fecundan con el sudor de su trabajo y la esperanza del fruto, sean la imagen más viva y más grata de lo que es la Patria. No el símbolo patriotero del trapo ajado, ni el amarillo del oro que se roban los gringos, ni el azul fascista de los godos, ni el rojo del “glorioso” partido de los demócratas del Jockey, sino una realidad espiritual con horizontes, manos que se unen en la amorosa solidaridad del pan, la ternura, y la pena.
Sólo repito lo que aprendí de tus “sermones” en la noches Pacíficas del mar y los aserraderos donde los negros nos brindaron su techo de paja, un lecho de tablas de salvación para nuestros sueños, y esos cantos de una belleza tan mágica, de una pureza tan salvaje, que eran alabanzas al universo, es decir, serenatas a Dios.
La pobreza material del hombre y su instrumento, nunca había entonado himnos de adoración más profundos y más cerca a la ventana de Dios. Y yo nunca me sentí más orgulloso de ser hombre que junto a estos hombres que con manos rudas de aserradores ponían a hablar a la madera en un lenguaje de dioses, de almas entre sí.
Entonces yo pensé, para qué diablos el confort y los colchones de plumas si sólo sirven para acunar insomnios de poder y de gloria, terribles pesadillas. Porque si allá tiene sentido y es hermosa la lucha por la vida en lo que eso implica el destino, aquí carece de sentido el Progreso, que no es más que una rapiña de ambiciones, egoísmo, rebañismo del peor linaje, y en definitiva, una violenta lucha por la muerte.
Por eso te digo, monseñor, que soy de tu reino, de ese en que la semilla lucha por ser flor y la flor fruto y el fruto alimento del cuerpo y dignificación del alma. Porque para nosotros la Redención empieza ahora y aquí, y Cristo es cada hombre que clama por ser rescatado de su inhumanidad a la plenitud de su dignidad humana.
Ahora hablemos de “literatura”. Recuerdas esa dos prositas bellísimas que me leíste en el avión, las que te escribió el Espíritu Santo? (Así que, gracias, monseñor). Bueno, de todos modos, quiero que me las regales como prometiste.
Y ahora sí te digo “adiosito” como diría nuestro venerable brujo del Micay, Guillermo Alomía (el recuerdo de este hombre me sigue desvelando, a la vez tan simple y misterioso).
El brujo Simón y su hada, Claudia, se unen a este abrazo de gratitud y afecto que te enviamos, monseñor, con nuestros mejores recuerdos y las más vivas esperanzas de verte. También abrazos muy cariñosos y fraternales a Magnolia, Marta, Matilde, Margarita, María, misioneras del amor… Marías del Amor! Porque Amor se escribe con Amor!
Y no faltaba más. Nuestra gratitud inmortal al timón homérico del reverendo Hermano Isaías (Iza tu bandera de adioses, Odiseo).
Querido Gerardo, en tu espíritu encomiendo mi espíritu,
GONZALO ARANGO
Gonzalo Arango Arias(1931 - 1976) fue un escritor y poeta colombiano. En 1958 fundó el nadaísmo, movimiento de vanguardia de repercusión nacional, que intentó romper con la Academia de la Lengua, la literatura y la moral tradicionales. En la música norteamericana y del Caribe de la década de 1960 el movimiento buscó un léxico renovado, optó por el humor y el mundo urbano para situar la obra literaria y la crítica a la sociedad. A este grupo se unieron otros jóvenes pensadores de su tiempo en Colombia y que fueron inspirados a su vez por Fernando González Ochoa, el "filósofo de otraparte". La intensidad de su vida está llena de contrastes que pasan de un abierto ateísmo a un íntimismo espiritual y de un espíritu crítico de la sociedad de su tiempo, expresado en el "Primer Manifiesto Nadaista" como "Se ha considerado a veces al artista como un símbolo que fluctúa entre la santidad o la locura".1 Arango murió en un trágico accidente en la ciudad de Tocancipá en 1976 cuando estaba planeando un viaje definitivo a Londres para que "los colombianos al perderme... me ganen".2m (Tomado de Wikipedia)