MONSEÑOR GERARDO VALENCIA CANO

NOTA BIOGRÁFICA
 

El 21 de enero de 1972 la noticia recorrió rápidamente el país: un avión de la compañía aérea Satena, que volaba entre Medellín y Quibdo con 35 personas a bordo, se estrelló en uno de los cerros limítrofes entre Antioquia y Chocó, pereciendo todos sus ocupantes. Entre ellos estaba Monseñor Gerardo Valencia Cano, Vicario Apostólico de Buenaventura.

Versiones contradictorias comenzaron a circular, que dejaban profundas dudas sobre el origen de la tragedia. El gobierno impidió a técnicos extranjeros acercarse a investigar el hecho y, luego de que helicópteros oficiales sobrevolaron la zona, la declaró “inaccesible” y la hizo bendecir desde el aire como camposanto.
Un sacerdote y un grupo de campesinos se encargaron de desmentir los conceptos oficiales, pues escalaron a pie la montaña y rescataron el cadáver del Obispo, obligando al gobierno a rescatar luego los demás cuerpos.
Todos los indicios apuntaban a pensar, más bien, en un “atentado”, lo que no pudo esclarecerse, ni podrá, quizás, esclarecerse jamás.

Los titulares de todos los periódicos registraron la muerte del “Obispo rojo”, del “Obispo rebelde” o del “Obispo revolucionario”.

Nacido en la población de Santo Domingo (Antioquia) el 26 de agosto de 1917, en una familia modesta que conoció la pobreza y el sufrimiento, se ordenó como sacerdote misionero en el Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal, el 29 de noviembre de 1942.

En 1949 fue nombrado Prefecto Apostólico del Vaupés, donde ejerció por más de tres años. El 24 de mayo de 1953 fue consagrado como el Vicario Apostólico de Buenaventura, donde ejerció su ministerio episcopal hasta su muerte. Entre 1956 y 1959 actuó también como Superior General de los Misioneros Javerianos de Yarumal.
Monseñor Valencia fue un hombre de una profunda espiritualidad y de una gran austeridad de vida. Ya desde antes del cambio profundo que marcó su vida después del Concilio Vaticano II, se caracterizaba por su poca afición a usar los arreos episcopales y por su cierta repugnancia a los protocolos y a los títulos.

Su participación en el Concilio lo confirmó en una gran libertad de espíritu y en un compromiso radical con los pobres y con la justicia. Su predicación se fue llenando de un verdadero radicalismo evangélico que lo convirtió rápidamente en un profeta, y por [49] lo tanto, -como todo profeta- en un personaje controvertido, atacado y perseguido.

Su impresionante testimonio de pobreza, de despojo, de desarraigo y de libertad espiritual, le daban una fuerza y un impacto especial a sus palabras, a sus denuncias, a sus mensajes.

En su Diócesis de Buenaventura acogió a muchas religiosas, sacerdotes y laicos inquietos y respetó profundamente sus búsquedas. En diciembre de 1968 se convirtió en anfitrión del Segundo Encuentro del Grupo Sacerdotal Golconda, cuyo controvertido Manifiesto suscribió y defendió públicamente.

Como todo profeta auténtico, su vida y sus mensajes se volvieron incómodos para todos los poderes. Cuando en 1969 viajó a Medellín a participar en una “toma simbólica de la Universidad de Antioquia para el pueblo”, en compañía de varios sacerdotes del grupo Golconda, fue obligado, en el mismo aeropuerto, por autoridades eclesiásticas y militares, a regresarse, en momentos en que los otros sacerdotes eran encarcelados.

Los últimos meses de su vida los vivió bajo profundos sufrimientos morales que se reflejan en su Diario íntimo. Se rumoraba su inminente destitución por parte del Vaticano. Se rumoraban también otras medidas drásticas que serían adoptadas por en Instituto de Misiones, como la de retirarle a todos los misioneros del Vicariato, o por el Episcopado, como exigir la presencia de un visitador del Vaticano.

Las últimas páginas de su Diario dejan traslucir las angustias propias de los profetas, acosados por todo tipo de apremios para que renuncien a sus mensajes, pero acosados también por una voz interior, más fuerte que ellos mismos, que les revela, en el origen de sus impulsos, la presencia ineludible del Espíritu del Señor como un fuego ardiente que quema en lo más íntimo y al cual no se puede ser infiel.

Gerardo Valencia Cano fue, ante todo, un Testigo de Evangelio. La radicalidad de su testimonio le trajo persecuciones y sufrimientos que desembocaron en el misterio de su muerte violenta.

(http://evangelizadorasdelosapostoles.wordpress.com/2010/09/29/monsenor-gerardo-valencia-cano-2/)

 

- A la memoria de Gerardo Valencia Cano
- Carta de Gonzalo Arango a Mons. Valencia Cano
- Mon. Valencia Cano - Datos biográficos
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Recordando al Hermano Mayor

 


 

 

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