Mi aproximación a su muerte y a su vida
Alfonso Llano Escobar, S.j El Colombiano - 12 de noviembre de 2009
A poco más de dos meses de su trágica partida hacia el Cielo y a escasa una semana de que el padre Calixto cumpliera sus 80 años, el sacerdote jesuita Alfonso Llano Escobar hace una bella semblanza del que fue su compañero y amigo. Una aproximación clara de lo grande que fue y será por siempre el padre Gustavo Vélez, Calixto. Homenaje
A su muerte. Conocí a Gustavo en casa de mi hermana, que frecuentó por más de 40 años. Lo conocí, lo admiré, lo amé como a un excelente amigo. Fue grande en su encantadora sencillez y cristiana humildad.
Se han dicho tantas cosas sobre su muerte: que fue imprudente, que fue terco, que se buscó la muerte, que hoy viviría si? y otras aproximaciones poco felices. Nada de eso me convence. Lo deforma, lo disminuye.
El Señor Jesús le tenía preparado un final apoteósico y lo realizó, exaltó al siervo escondido. Quería 'ponerlo sobre el candelero' para que toda Antioquia viera su figura y se pusiera en pie para rendirle homenaje. Dios le quiso dar esa muerte concreta, que atrajo y centró la atención de toda Antioquia durante varios días. Si Jesús hubiera muerto en una cama y no en una cruz, las cosas serían diferentes. Si Gustavo hubiera muerto de cáncer en la pieza de un hospital no hubiera atraído la atención que concentró. El Señor quería exaltarlo y sí que lo logró, por la forma como murió. El que no quiso figurar en vida, fue puesto por Jesús a los ojos de todos. Murió como un santo, vale decir, murió y pasó a Dios.
Vengo ahora a su vida. 79 años, vividos intensamente, poniendo el ladrillo de cada día del edificio gigantesco de su vida. El "cada día" pasa casi inadvertido. Sólo la muerte revela la vida como un todo, lleno de ser o de nada. Y la muerte de Gustavo nos reveló la plenitud de su vida, y la talla de su personalidad. Pasa algo semejante con las edificaciones: sólo al final, cuando la obra queda terminada, revela esta la perfección y belleza de la obra entera, total y completa. Y la obra de Gustavo fue excepcional. No dejó un enemigo a su espalda. Dejó centenares y millares de amigos, de personas más cercanas a Dios y a los hombres, de niños y ancianos que recibimos de él una sonrisa, un consejo, una broma, una orientación. De veras que Gustavo fue grande en su pequeñez. "No llames a nadie feliz mientras vive", nos dice el Eclesiástico, solo la muerte nos revela la talla del hombre, de su verdadera grandeza. Y este fue Gustavo. Como su Maestro, pasó haciendo el bien. Y lo hizo en cantidades, a borbotones, sin quejas, sin pausas. Pasó haciendo el bien.
Su entierro fue apoteósico. Creo que nunca se habían dado cita en un funeral tantos sacerdotes: cerca de trescientos, tantos fieles, millares. Nunca habían rodado tantas lágrimas por las mejillas temblorosas de amigos y amigas.
Se fue, pero se quedó al mismo tiempo. Como lo escribió él mismo: "La muerte no es una ausencia sino una nueva forma de presencia".
Fue discretamente crítico de la Iglesia oficial. Una frase suya recoge esta silente actitud: "Cuando la Iglesia se volvió del todo clerical, a los fieles les tocaba sólo dejarse salvar. Pero hoy se ha devuelto a los seglares su responsabilidad en la comunidad humana. Es necesario que todos los fieles sientan su importancia".
De nosotros está el mantener viva la llama de su memoria y el eco de su exaltación. Valdría la pena recoger todos los escritos y comentarios a propósito de su muerte, que embellecen más que las flores su vida y su misterio. Le sugiero a la Directora Ana Mercedes Gómez recoger estos abundantes escritos y comentarios para publicar un libro de memorias que inmortalicen su vida y su exaltación final. Queremos tenerlo cerca. Queremos verlo en los altares: se lo merece. Acudamos a él con confianza para que continúe, ahora en su gloria, haciendo el bien que hizo en vida. Queremos verlo en los altares, queremos gozar de su encantadora santidad, santidad humano-divina.
Dios le dio la muerte que necesitaba. Dios le dio la exaltación que quiso que tuviera. Dios lo quiere en los altares: ¡apoyemos a Dios! |