EL ENCUENTRO CON SERENTIAN EN EL SEMIDESIERTO
Jorge I. Fernández, mxyi
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Serentian nació en uno de los pesebres de nuestro tiempo en la lejanía del semidesierto africano, en el norte de Kenia. La cama es una piel de animal y las cabras y ovejas se mueven alrededor del campamento. En las noches los burros rebuznan y los camellos sobresalen en medio de los ganados de los pastores seminómadas de la tribu samburu. El fuego siempre acompaña el interior de una casita de la tribu, llamada comúnmente como “mañata”, es decir, la cocina consiste en tres piedras separadas en forma equidistante en donde se prende la leña para cocinar los alimentos. El humo y las moscas afectan la salud de los pastores en la pequeña choza. Las madres cargan a sus niños y niñas mientras van al pastoreo, caminan por agua, leña e incluso cuando recorren largas jornadas para ir en busca de alimentos al mercado más cercano.
Serentían, era una agraciada niña y la mamá disfrutaba adornarla con los collares típicos de la tribu. Una tarde la niña de casi un año de edad dormía sobre la piel de vaca, su pequeño colchón. La mamá ordeñaba las cabras y de un momento a otro escuchó a su hija llorar a los gritos. La pequeña se despertó y empezó a moverse tratando de caminar y sus esfuerzos la llevaron hasta cerca del fogón. Cuando la mamá entró a la casa desesperada pensando que una culebra había picado a su hija, la pequeña había metido una de sus manitas en el fuego y no la podía sacar. La madre trata de buscar ayuda y hace hasta lo imposible para calmar el llanto de la pequeña. Los dedos de su mano se le pegaron y la madre cubrió a su hija con un trapo. El señor Leakurrá, papá de la niña le dice a su esposa que la niña se va a mejorar. Cuando finalmente deciden ir a buscar ayuda al dispensario el enfermero les dice que tienen que ir hasta el hospital ya que la niña necesita una intervención quirúrgica con el fin de tratar de salvarle la mano y lo único que él podía hacer era darle antibióticos para frenar la infección. La mamá de la niña le insistía a su esposo que vendiera algunos animales para poder viajar hasta el hospital y que el doctor viera a su hija. El papá no aceptó y ordenó que madre e hija regresaran al campamento inmediatamente. La niña siguió creciendo pero todos se lamentaban de verla con su manita perdida y sus dedos pegados formando una sola masa de carne.
En una de las visitas al campamento en donde vivían con otras familias, le insistí a la mamá que la niña de unos trece años necesitaba una cirugía para tratar de recuperar algo de la movilidad de la mano. –Padre, qué puedo hacer, si mi esposo es muy duro de la cabeza y nunca ha querido que la lleve al hospital. –Dígale a su esposo que estamos dispuestos a colaborarle para llevar a su hija al hospital y aprovechar la llegada de algunos doctores voluntarios que vienen de Italia a prestar un servicio gratuito en el hospital de Wamba-. La niña pastora posee una hermosa voz y una sonrisa limpia. Ha recibido el don de la oración y es una líder entre sus amiguitas que estudian en las noches en la escuelita que fundamos para los niños y niñas pastoras.
Pasó cierto tiempo y finalmente el papá autorizó para que la mamá viajara con los misioneros al hospital para la soñada intervención. Los médicos trataron de hacer lo mejor que pudieron y Serentian recuperó algo de movilidad en su mano. Ha vuelto a sonreír con más entusiasmo. Terminó su escuela primaria con excelentes calificaciones. Hoy trabaja en el proyecto de las cruces y collares de Barsaloi. Se gana el sustento de cada día y disfruta de su nueva casita construida con el esfuerzo de sus manos por medio de la cooperativa de mujeres de la misión.
La presencia de los misioneros de Yarumal y misioneras de Santa Teresita en el semidesierto africano es signo de vida y esperanza para mejorar las condiciones de vida de los pastores.
Usted podría vincularse a nivel personal o grupal para construir una nueva casita y evitar que los niños y niñas que nacen en los pesebres del siglo XXI vivan en unas condiciones infrahumanas. Con un aporte de $3,000 dólares usted puede evitar que casos como el de Serentian se repitan.
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